Cuatro días y cuatro noches, llorando desconsoladamente. De la cama al sofá, del sofá a la nevera, de la nevera a la cama y así sucesivamente. Mi dolor era tan grande, por lo inesperado, por las formas, por la otra, por el desprecio...
Avisado el instituto de que no iría a trabajar por una indisposición, descolgué el teléfono, apagué las luces y bajé al máximo las persianas... oscuridad, soledad y llanto...
... cuatro días con sus cuatro noches...
En la mañana del quinto día, me sentí distinta, seca del todo, sedienta de algo más que agua, mi corazón hueco, débil, agotada. Me arrastré como pude hasta el baño...
¡qué horror!
No reconocí el rostro que apareció reflejado en el espejo: marchito, apagado, asolado...
Fue entonces cuando, la luz, brilló en mi mente un instante.
¡Venganza!
Me eché un poco de agua en la cara, fría
¡Venganza!
Atusé mis cabellos
¡Venganza!
Bajo la ducha el agua renovaba mis fuerzas, ordenaba mis ideas, rememoraba la película de mi despecho
¡Venganza!
Al rato, bajaba las escaleras para encaminarme hacia el instituto...
¡Venganza!¡Venganza!¡Venganza!
Retumbaba e mi cerebro a cada paso que daba camino del trabajo.
¡Venganza!¡Venganza!¡Venganza!
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